Espectros del pasado

Por Tomas Hagen
Tomado del portal envoxbaja.com
Si algo enseña la experiencia —maestra severa que no dicta lecciones en vano— es que las ciudades no se arruinan de súbito, sino por la sucesiva cesión de su carácter a manos cada vez menos firmes. Cartagena no ha sido excepción. Muchos estudiosos han querido explicar su decadencia como efecto natural del tránsito generacional en las casas principales, donde la primera generación funda, la segunda consolida y la tercera, confiada en la herencia, administra sin entender. A este fenómeno, que algunos doctos han denominado “herencia envenenada”, bien podría añadírsele un subtítulo más castizo: la cómoda presunción de mérito sin esfuerzo.
Lo cierto es que, mientras los descendientes se entretenían en pulir escudos y desempolvar retratos, otros —más aplicados y menos ruidosos— ocuparon los espacios de decisión. Así fue como el poder, que no tolera vacíos, se trasladó con naturalidad hacia manos más diligentes. Y los antiguos dueños del timón quedaron reducidos a pasajeros ilustres de una nave que ya no gobernaban.
Pero lo más curioso no es la pérdida del mando, sino la persistencia del gesto. Abundan todavía quienes, sostenidos más por el apellido que por la obra, se presentan como árbitros de cuanto acontece en la ciudad. No diseñan proyectos, pero los juzgan; no ejecutan obras, pero las critican; no asumen riesgos, pero reclaman protagonismo. Su actividad principal consiste en organizar reuniones donde se habla mucho y se resuelve poco, en repetir opiniones ajenas con tono doctoral y en convertir la sociabilidad en sustituto del trabajo.
Se les ve en foros, paneles y columnas, siempre dispuestos a ilustrar al prójimo sobre materias que jamás han practicado. Son expertos de sobremesa, arquitectos de servilleta y planificadores de café. Delante sonríen y elogian; detrás murmuran y calculan. No buscan tanto el bien común como el pequeño beneficio que pueda desprenderse de cada conversación: un contrato, una invitación, una mención o, cuando menos, la ilusión de seguir figurando.
Jamás levantaron un estudio serio ni lideraron una transformación tangible; sin embargo, hablan como si el progreso les debiera obediencia. Su mayor industria es la apariencia: vestir de importancia la inactividad, barnizar de solemnidad la trivialidad y llamar liderazgo a la simple presencia reiterada en actos sociales.
Conservan, además, una nostalgia excluyente que confunden con tradición. Señalan linajes como si aún determinaran capacidades, y miran con recelo todo lo que no provenga de su reducido círculo. Les incomoda el dinamismo del pueblo porque evidencia su propia quietud. Critican el ruido de la ciudad, pero no soportan el silencio que dejaría su ausencia.
Si esta conducta ha contribuido a la decadencia, no ha sido por maldad declarada, sino por esterilidad prolongada. Nada envejece más rápido que el prestigio que no se renueva con hechos. Y así, mientras algunos permanecen atornillados a la memoria de glorias pasadas, otros —sin tanto aspaviento— trabajan por rescatar la ciudad con menos discurso y más obra.
Porque al final, como advertiría con ironía un moralista ilustrado, el apellido puede abrir una puerta; pero solo el mérito sostiene la casa.
